Asunción de Maduro, entre la ira opositora y la esperanza chavista
Partidarios del presidente venezolano Nicolás Maduro celebran la asunción de su segundo mandato, el 10 de enero de 2019 en Caracas © AFP YURI CORTEZ

Caracas (AFP) – “¡Me esperan con una botella de champán!”, gritó rabioso un hombre a personas vestidas de rojo que se concentraron este jueves en respaldo a la investidura del presidente Nicolás Maduro para un segundo mandato.

“¿Qué haces en Venezuela? Vete a jalarle bolas (adular) a Estados Unidos”, respondieron a su ironía los partidarios de Maduro en una avenida del centro de Caracas.

La juramentación transcurrió entre la cólera de los opositores y la esperanza de los chavistas de que el mandatario sacará la economía del foso en que cayó durante su gobierno, iniciado en 2013.

“Con Maduro no hay futuro”, se lamentó Luis Paredes, jubilado de 80 años que vive los rigores de una inflación que trepará a 10.000.000% en 2019, según el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Sentado en una plaza en Chacao (este de Caracas), Luis, extrabajador aeroportuario que vio partir a una de sus dos hijas al extranjero, siente que “prácticamente no hay gobierno, el país está en el aire”.

Reelecto en comicios boicoteados por la oposición y desconocidos por varios países, con Estados Unidos a la cabeza, Maduro asumió para el período 2019-2025 en medio de la peor crisis económica en la historia reciente del país petrolero.

Pero Lorenzo Quiroz, albañil de 57 años que agitaba una pancarta donde acusaba al presidente estadounidense Donald Trump de “asesino de niños”, mantiene la esperanza en Maduro, quien culpa a Estados Unidos de orquestar una “guerra económica” para derrocarlo.

“Soy maestro de obras y estoy desempleado. Como no puedo trabajar en construcción, compro confitería y la vendo por la calle. Aquí se van a encontrar un pueblo arrecho, con cojones”, advirtió ante una hipotética “invasión militar” norteamericana o un golpe de Estado.

– “No podemos seguir así” –

En el este de la capital, que concentra varios suburbios acomodados, las calles lucieron este jueves desoladas; en el centro, cientos de chavistas, la mayoría empleados públicos, corearon consignas a las afueras del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en apoyo al presidente.

Una docena de tarimas con grupos musicales y publicidad de los programas sociales del gobierno fueron instaladas en la avenida Baralt, adyacente al TSJ.

Cientos de militares y policías acordonaron el perímetro del tribunal, de línea oficialista y que juramentó a Maduro en lugar del Parlamento, de mayoría opositora y declarado en desacato por esa corte.

Asfixiado por la hiperinflación, Carlos Quiñónez, enfermero de 38 años con cuatro hijos, afirmó que “el país ha ido en decadencia” al punto de no poder cubrir las necesidades básicas de su familia.

Para Quiñónez, “todo el mundo perdió las esperanzas” con el nuevo mandato de Maduro.

Los demandas de mejoras económicas no discriminan entre oficialistas y opositores.

Miguel Castellano, integrante de la Milicia Bolivariana, brazo civil de la Fuerza Armada de 1,6 millones de integrantes, espera que Maduro logre remontar la cuesta de una economía que se redujo a la mitad en su primer mandato.

“Hay muchos reclamos, esperaremos a ver lo que viene”, dijo el hombre de 62 años, durante la concentración oficialista.

Desde La Pastora, zona popular en el oeste de Caracas, Miguel le envía un mensaje tajante al mandatario: “No podemos seguir así”.

Con una imagen del gobernante portando la banda presidencial y la consigna “yo soy presidente”, Yosmari Jiménez, de 27 años, se dice emocionada de presenciar la investidura.

“Que ponga mano dura con la economía, es lo único que nos falta, mejorando la economía nadie nos saca”, opinó Yosmari, quien llevaba unos zarcillos con el rostro de Chávez.

En opinión de Antonio González, vendedor de helados de 70 años, “debería haber un acuerdo entre la oposición y el gobierno porque lo que necesitamos son soluciones”.

La continuidad de Maduro desalienta a Lala Giraldo, quien considera un “desastre” la situación del país. “¿Cómo podemos pensar que con la misma gente que lo destruyó se arregle?”, reflexionó la jubilada de 65 años.