Los Ángeles (California).- En un hallazgo significativo que redefine la comprensión de los factores de riesgo del deterioro cognitivo, un reciente estudio liderado por la Escuela de Gerontología Leonard Davis de la USC revela que los adultos mayores cuya presión arterial fluctúa ampliamente de un latido a otro pueden correr un riesgo mayor de sufrir atrofia cerebral y lesión de las células nerviosas.
Este riesgo persiste incluso en aquellos individuos cuya presión arterial promedio se encuentra bien controlada. Los resultados de la investigación, que se publicaron en el Journal of Alzheimer’s Disease, muestran que la «inestabilidad dinámica a corto plazo» de la presión arterial está directamente relacionada con la pérdida de tejido en áreas del cerebro que son importantes para la memoria y el pensamiento. También está relacionada con biomarcadores sanguíneos que señalan el daño a las células nerviosas.
Si bien durante mucho tiempo se ha sabido que una presión arterial promedio alta incrementa el riesgo de demencia, este estudio innovador se enfoca en la variabilidad de la presión arterial, que mide cuánto sube y baja la presión en periodos muy cortos de tiempo.
El Dr. Daniel Nation, profesor de Gerontología y Medicina en la Escuela Leonard Davis de la USC y autor principal del estudio, explicó que estos hallazgos demuestran que, aunque la presión arterial promedio sea normal, la inestabilidad que ocurre de un latido a otro «puede ejercer una tensión sobre el cerebro». El profesor Nation añadió que estas oscilaciones momento a momento parecen estar asociadas con el mismo tipo de cambios cerebrales que se observan en las etapas tempranas de la neurodegeneración.
Evidencia reciente sugiere que estas fluctuaciones rápidas pueden someter a una tensión considerable a los pequeños vasos sanguíneos del cerebro, reduciendo su capacidad para entregar un flujo sanguíneo constante y estable. Para medir este fenómeno, los investigadores combinaron dos indicadores complementarios: la Variabilidad Promedio Real (ARV) y el Índice de Rigidez Arterial (ASI).
El ARV captura la magnitud del cambio en la presión arterial sistólica (el número superior en una lectura) entre cada latido. Por su parte, el ASI refleja cuán flexibles o rígidas son las arterias al momento de responder a esos cambios de presión.
La combinación de una ARV alta y un ASI elevado es lo que los autores denominan «inestabilidad dinámica de la presión arterial», indicando cuánto cambia el flujo sanguíneo en un corto lapso. Nation precisó que la presión arterial no es estática, sino que siempre se adapta a las necesidades del cuerpo. Sin embargo, a medida que envejecemos, esta regulación puede volverse menos precisa, y el estudio sugiere que las fluctuaciones excesivas podrían ser un signo de envejecimiento vascular que contribuye a la lesión cerebral.
La investigación incluyó a 105 adultos mayores residentes en la comunidad, con edades comprendidas entre 55 y 89 años, que generalmente gozaban de buena salud y no presentaban enfermedades neurológicas graves.
Para la medición, la presión arterial de los participantes fue monitorizada continuamente durante siete minutos mediante un dispositivo de manguito en el dedo mientras se realizaban resonancias magnéticas (IRM). Posteriormente, los investigadores analizaron cómo estas fluctuaciones a pequeña escala se relacionaban con la estructura cerebral y los biomarcadores sanguíneos vinculados a la neurodegeneración.
Los resultados de las resonancias magnéticas fueron contundentes: los participantes que presentaban tanto una ARV alta como un ASI elevado, lo cual señala una presión inestable y arterias rígidas, mostraron volúmenes más pequeños del hipocampo y la corteza entorrinal. Estas dos regiones cerebrales son cruciales para el aprendizaje y la memoria, y se encuentran entre las primeras estructuras afectadas por la enfermedad de Alzheimer.
Adicionalmente, las muestras de sangre revelaron que estos mismos individuos tenían niveles más altos de neurofilamento ligero (NfL), un marcador en la sangre que se eleva cuando las células nerviosas sufren daños. Un aspecto fundamental de los hallazgos es que estos se mantuvieron significativos incluso después de que los investigadores ajustaran las variables de edad, sexo y la presión arterial promedio de los participantes.
Esto sugiere que son las fluctuaciones en sí mismas, y no únicamente la presión general, las que constituyen un factor de riesgo clave. Además, los cambios en el cerebro que se encontraron fueron más marcados en el lado izquierdo. Esto coincide con estudios anteriores que sugieren que el hemisferio izquierdo podría ser más susceptible al estrés vascular y a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Los investigadores especulan que las diferencias en la anatomía de los vasos sanguíneos o en las demandas de flujo entre los hemisferios podrían hacer que el lado izquierdo sea más susceptible.
Trevor Lohman, profesor asistente de investigación de neurología y gerontología en la USC y primer autor del estudio, señaló que estos hallazgos abren una nueva perspectiva sobre cómo los cambios cardiovasculares contribuyen al deterioro cognitivo, ofreciendo potenciales estrategias novedosas de prevención.
Lohman destacó que, tradicionalmente, el enfoque ha estado en reducir los números promedio de la presión arterial, pero este estudio sugiere la necesidad de observar también cuán estable es la presión arterial de momento a momento. Reducir estas fluctuaciones podría ayudar a proteger el cerebro, incluso en personas cuyos niveles promedio parecen ser saludables.
Enfatizando la estrecha relación entre el corazón y el cerebro, Lohman concluyó que mantener un flujo sanguíneo constante y saludable podría ser una de las mejores maneras de apoyar la salud cerebral a medida que envejecemos.
Investigaciones futuras tienen como objetivo explorar si las intervenciones destinadas a estabilizar la presión arterial—tales como la adaptación de la hora de la medicación, el ejercicio físico o las técnicas de reducción de estrés—pueden ralentizar el envejecimiento cerebral y, consecuentemente, reducir el riesgo de demencia.
Los autores del estudio, que fue de naturaleza transversal, también recuerdan que, si bien estos resultados establecen una asociación sólida, no prueban una relación directa de causa y efecto. Por ello, se requieren estudios a largo plazo y de mayor escala que examinen detalladamente los vínculos entre la salud cardiovascular y la salud cerebral. La investigación fue llevada a cabo por expertos de USC, UC Irvine y UCSF, con el apoyo de instituciones como los Institutos Nacionales de Salud y la Asociación Americana del Corazón.




































































