Toluca (México) (AFP) – El trabajo de los paramédicos mexicanos Humberto Xoyatla y Jesús Carmona se ha vuelto una lotería: encontrar cama para los pacientes que recogen en medio de la saturación hospitalaria por el rebrote de covid-19.

Hoy ha sido un día de suerte, pues el hombre de 60 años a quien evacuan con bajísima oxigenación en la ciudad de Toluca, 40 km al suroeste de Ciudad de México, ya tiene cupo asignado.

Con el traje blanco de protección, cubrebocas y gafas, los rescatistas trasladan al paciente, quien permanece con la mirada perdida y un pequeño tanque de oxígeno.

Pero no siempre es así. Los centros médicos del país están abarrotados ante el incremento en la velocidad de los contagios del nuevo coronavirus, que deja en México 1,5 millones de infectados y unos 133.000 muertos.

El viernes se registró un nuevo récord diario de 14.362 casos confirmados.

«Para que haya capacidad de respuesta [en los hospitales se] tiene que dar de alta a uno o que se muera uno. Está cabrón (difícil), pero es la verdad», dice a la AFP Ángel Zúñiga, coordinador de socorros de la Cruz Roja de Toluca, quien compara la situación con el videojuego Tetris, que consiste en encajar piezas.

«Entra uno y sale otro», agrega Zúñiga, de 45 años. La búsqueda de camas se coordina a través de un centro de emergencias.

Penando –

En la zona metropolitana del Valle de México -que abarca la capital y 18 municipios vecinos-, 64 de los 78 hospitales se hallaban en estado «crítico» hasta el pasado viernes y solo seis con disponibilidad de camas, según las autoridades.

Ciudad de México, con nueve millones de habitantes y unos 18.000 fallecidos, registra una ocupación hospitalaria del 86% de camas generales y del 82% con respirador.

Algunos paramédicos dicen vivir en la incertidumbre de no saber si podrán trasladar a los pacientes.

El problema no es exclusivo del sector público; las clínicas privadas, donde muchos confían en hallar lugar, también están saturadas y no están al alcance de todos.

Algunos de esos centros médicos rechazan a los pacientes si no dejan un depósito de 170.000 pesos (unos 8.400 dólares). Dicen «llévenselo y volvemos a la calle otra vez. A andar penando en todas partes», cuenta Zúñiga.

Aun cuando haya disponibilidad, el ingreso de los enfermos a los hospitales públicos no siempre es expedito. A veces tarda horas, lo que genera desesperación entre los paramédicos.

«Hay un punto donde sientes la desesperación de (decir) ya, apoyen a esa persona, para que de lo poco o mucho que pudimos hacer se le siga dando continuidad», señala Miguel Ángel Moreno, socorrista de 33 años de Naucalpan, municipio del Valle de México donde hay 9.200 hospitalizados.

Al estrés emocional se suma el cansancio y la incomodidad de tener que usar traje de protección durante horas.

Los de Navidad –

Los paramédicos, al igual que otros miembros del personal de salud, suelen hacer un cálculo informal de cuándo se contagió la gente que atienden por el tiempo que tarda en incubar el virus.

Uno de ellos estima que por estos días están enfermando las personas que se reunieron a festejar la Navidad y que pronto empezarán a llegar quienes lo hicieron en Año Nuevo.

«¡Y esa es una fiesta mucho más social!», advierte antes de acudir a recibir a una paciente de covid-19 que recibió el alta en un hospital cercano que luce abarrotado.

Zúñiga confía en que una vez se superen esos casos, la pandemia amaine un poco, por el bien de los propios paramédicos, que ante el riesgo continuo de contagio mantienen protocolos estrictos.

Cuando sus compañeros regresan de la calle, él mismo desinfecta la ambulancia y les repite paso a paso el proceso para retirarse el equipo de protección.

Conmovido, reconoce que toda su confianza está puesta en la vacuna que el gobierno comenzó a aplicar a los trabajadores sanitarios el pasado 24 de diciembre.

«Es una esperanza, yo creo que todos le tenemos una esperanza bien canija (grande) a la vacuna», dice.

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