Sobre las rutas de México, las palabras de los migrantes
Fotografías combinadas del 10 de agosto de 2018 que muestran a migrantes indocumentados. (Arriba de izq a der) La hondureña Sandra y su hija, la venezolana Faviola Lourido Vergara y al mexicano deportado Angel Ayala. (Abajo de izq a der) El hondureño Jorge Reyes, la guatemalteca Paola y su bebé, y al mexicano Andrés Mora © AFP RONALDO SCHEMIDT, ULISES RUIZ, GUILLERMO ARIAS, Pedro PARDO, HERIKA MARTINEZ

Córdoba (México) (AFP) – Desde la frontera sur con Guatemala hasta la frontera norte con Estados Unidos, la AFP acudió durante 24 horas al encuentro de migrantes que persiguen su “sueño americano” a través del territorio de México, arriesgando sus vidas.

Hombres, a menudo jóvenes, otros ya varias veces expulsados de Estados Unidos, mujeres viajando con niños pequeños o incluso embarazadas, cuentan su largo viaje.

Andrés Sánchez, 18 años, Ciudad Juárez (norte)

“Ser migrante es ser rechazado”, lamenta Andrés, 18 años, un día después de su segunda expulsión de Estados Unidos.

Consigo no lleva más que una biblia y una billetera fabricada de bolsas plásticas.

Andrés estuvo detenido durante dos meses después de haber intentado cruzar la frontera estadounidense con una visa de turista falsa que le vendió un traficante por 3.500 dólares, pero el documento había sido declarado robado.

“En la prisión hace mucho frío, casi no duermes y la comida es muy mala”, dice desde un refugio para migrantes de Ciudad Juárez.

No sabe si intentará cruzar nuevamente porque la próxima vez  se arriesga a pasar seis meses en prisión, según le advirtieron las autoridades estadounidenses.

En Puebla, en el centro de México, de donde es originario, Andrés trabajaba como obrero, pero sueña con llegar a Denver, Colorado.

Por ahora, aguarda en este refugio dirigido por un sacerdote. “Es difícil no estar con tu familia y estar lejos, fuera de tu tierra”, dice.

Micaela Pérez, 24 años, Ciudad Juárez (norte)

“Es muy riesgoso ser migrante”, confiesa Micaela, 24 años, al día siguiente de su tercera expulsión de Estados Unidos. El desierto “es muy feo para cruzar (…) Me acabo la comida y el agua, pues ya me entregué” a las autoridades, recuerda.

No tiene ninguna pertenencia, ni un centavo en el bolsillo. La ropa que trae puesta se la donaron en el refugio de migrantes.

Originaria de Chiapas (sur), el estado más pobre de México, Micaela intentó cruzar la frontera por tercera vez este año para reunirse con su marido que vive del otro lado, clandestinamente, desde hace dos años.

En marzo pagó 1.500 dólares a un coyote (traficante) para cruzar el Río Grande pero fue detenida por la patrulla fronteriza y retenida durante seis días.

La próxima vez se arriesga a pasar 20 años en prisión, le advirtieron los guardias fronterizos.

Ángel Saravia, 61 años, Tijuana (noroeste)

Desde hace más de cinco años, Ángel, 61 años, vive en una cabaña cerca de la frontera en la garganta del Cañón del Matadero en Tijuana.

Ángel dejó tras de sí una vida de migrante. La última vez que lo expulsaron de Estados Unidos fue hace seis años.

“Es algo importante para nosotros, emigrar, porque se mueve uno para salir adelante (…) aunque se sufre, pero tiene que correr el riesgo”, asegura.

Aquí “es como un santuario, vives lejos de la sociedad que todo el tiempo nos está recriminando que los deportados son criminales (…) Aquí estamos lejos de donde nos estén señalando y vivimos en paz”.

Sandra Hernández, 28 años, Guadalupe (este)

Sandra dejó a dos hijos en Honduras para emprender el peligroso viaje hacia el vecino del norte junto a su hija más joven de cuatro años, Danaya. Se subió al tren de carga conocido como “La Bestia” que atraviesa México.

Es la primera vez que intenta hacer la travesía hacia el “sueño americano”. En Honduras, trabajaba como empleada doméstica pero su salario “era insuficiente” para mantener a su familia.

“Es duro dejar a tus hijos”, dice Sandra quien confiesa que ha llorado cuando habla por teléfono con los pequeños de seis y nueve años que dejó atrás.

Piensa irse “en tres días, sola, con mi hija”, aunque tiene miedo de que una vez en Estados Unidos la separen de ella.

David Ramírez, 23 años, Guadalupe (este)

Para salir de Honduras, David viajó en camión, después en un bote y finalmente sobre “La Bestia”.

Ya ha sido expulsado dos veces de Estados Unidos, pero intentará una tercera, aun cuando ya ha sido agredido por criminales.

En este refugio de Veracruz (este), ayuda a preparar bolsas con comida para los migrantes del tren. “Sentimos mucha felicidad cuando las distribuimos, pero también mucha tristeza de ver a los migrantes”, confiesa.

David quisiera ir hasta Michigan, en el norte de Estados Unidos, donde vive su tía. Viaja con un amigo que quiere convertirse en futbolista profesional, “fanático de Griezmann y de Pavard”, campeones mundiales con Francia.

Raquel Padilla, 27 años, Guadalajara (oeste)

Migrar “es el sueño de todo centroamericano”, dice Raquel de 27 años.

Este es su primer viaje, pero extraña a su hijo que se quedó en Honduras. Llegó hasta Guadalajara usando rutas alternativas y está en el refugio desde hace ocho días con un amigo.

¿Su bien más preciado? “Es el bebé que llevo en mi vientre”.

Raquel tiene cuatro meses de embarazo.

Graciela, 16 años, Tijuana (noroeste)

Graciela, hondureña de 16 años, viajaba sola.

Dio a luz a su hijo César en un baño cerca de la frontera sur, en Chiapas. En este refugio juvenil de Tijuana, espera que las autoridades vengan para declarar el nacimiento de César.

Quiere que ambos obtengan sus documentos mexicanos y enseguida hará una solicitud de asilo en Estados Unidos.