Ginebra (Suiza).- La Organización Meteorológica Mundial (OMM) publica anualmente una edición actualizada de su Boletín sobre el polvo en suspensión en el aire, revelando los lugares más afectados por este fenómeno natural intensificado por la actividad humana.
En 2024, pese a una leve disminución del promedio global respecto a 2023, el informe advierte sobre variaciones regionales significativas, con niveles que superan la media histórica en varias zonas críticas.
Este tipo de contaminación atmosférica impacta la vida de unas 330 millones de personas en más de 150 países, comprometiendo tanto su salud como el desarrollo económico y medioambiental de las regiones afectadas.
El boletín fue difundido en el marco del Día Internacional de la Lucha contra las Tormentas de Arena y Polvo, celebrado el 12 de julio. Forma parte de un esfuerzo internacional por brindar herramientas científicas para orientar políticas públicas, mejorar la resiliencia climática y garantizar el bienestar de la población.
Los datos del informe de 2024 indican que, aunque el promedio mundial de concentración de polvo fue inferior al de 2023, en zonas como Chad —una de las principales fuentes emisoras— los niveles registrados oscilaron entre 800 y 1 100 µg/m³, una cifra alarmante si se compara con los umbrales de seguridad establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En total, se estima que cada año entran en la atmósfera unos 2.000 millones de toneladas de arena y polvo, principalmente procedentes de los desiertos del norte de África y Oriente Medio. Este material en suspensión puede viajar miles de kilómetros, alcanzando regiones tan lejanas como el Caribe, América del Sur o el mar Mediterráneo
Mapa de terceros, proporcionado por la Administración Meteorológica de China (CMA) el 1 de mayo de 2025, que puede no coincidir totalmente con las orientaciones de las Naciones Unidas y la OMM sobre cartografía.
A pesar de su origen mayormente natural, deficiente gestión de tierras y recursos hídricos, junto con el avance de la desertificación y el cambio climático, están amplificando tanto la frecuencia como la intensidad de estos episodios.
Las repercusiones van mucho más allá de la visibilidad reducida o la acumulación de polvo en ventanas y superficies. Tal como explicó Celeste Saulo, Secretaria General de la OMM, estas tormentas afectan la salud respiratoria de millones de personas, interrumpen el transporte terrestre y aéreo, dañan cultivos, reducen la eficiencia de paneles solares y generan pérdidas económicas multimillonarias.
Un estudio realizado en Estados Unidos estimó que solo en 2017 los costos derivados de la erosión eólica ascendieron a 154 000 millones de dólares, cifra que cuadruplica la de 1995 y que posiblemente no refleja todos los impactos indirectos.
Entre 2018 y 2022, cerca de 3 800 millones de personas —casi la mitad de la población mundial— estuvieron expuestas a niveles de polvo superiores al umbral de seguridad de la OMS, lo que representa un incremento del 31 % con respecto al período 2003-2007.
En regiones altamente expuestas, como partes de Asia y África, la población llegó a soportar concentraciones peligrosas de polvo durante más del 87 % del tiempo en cinco años, lo que equivale a más de 1 600 días.
En 2024, algunas de las tormentas de polvo más significativas ocurrieron en diversos puntos del planeta. En las Islas Canarias, un fuerte viento harmatán transportó polvo desde el desierto del Sáhara, afectando zonas densamente pobladas.
En Asia oriental, particularmente en China y Mongolia, se registraron 14 tormentas, incluyendo un episodio inusual en junio causado por sequía extrema y altas temperaturas. También se reportaron tormentas invernales en Asia occidental, con efectos severos en Irak, Kuwait y Qatar, que incluyeron la cancelación de vuelos y cierre de escuelas.
Frente a esta amenaza, la OMM coordina el Sistema de Evaluación y Asesoramiento para Avisos de Tormentas de Arena y Polvo (SDS-WAS), una red global de investigación y monitoreo que opera a través de centros regionales en Arabia Saudita, España, China y Barbados.
Este sistema fortalece la capacidad de previsión y respuesta ante eventos extremos, promoviendo estrategias de mitigación basadas en la ciencia y la cooperación internacional.
La Asamblea General de las Naciones Unidas ha reforzado este compromiso al proclamar el período 2025-2034 como el Decenio para Luchar contra las Tormentas de Arena y Polvo, destacando la necesidad urgente de una acción coordinada global.
La inversión en sistemas de alerta temprana, prácticas sostenibles de uso del suelo y restauración de ecosistemas se vuelve crucial para disminuir los riesgos sanitarios y económicos asociados a este fenómeno.
La creciente magnitud de las tormentas de arena y polvo no solo revela las vulnerabilidades medioambientales y sociales del presente, sino que también exige una visión de futuro que integre ciencia, gobernanza y participación ciudadana.
Si bien se trata de un proceso natural en muchas regiones, el agravamiento de sus efectos por la actividad humana convierte a este fenómeno en un reto climático y sanitario del siglo XXI.