Madrid (AFP) – La cifra de fallecidos por coronavirus superó este sábado los 60.000 en un mundo a la búsqueda de mascarillas para frenar el contagio, mientras que países como España prolongan de nuevo el confinamiento.

Algunos datos ofrecen un atisbo de esperanza en España e Italia, los dos países con peores registros de contagio y mortalidad en toda Europa.

En ambos países se observa una caída de la llegada de nuevos enfermos a los hospitales. Italia informó además, por primera vez desde el inicio de la crisis, de una caída del número de pacientes en unidades de cuidados intensivos.

Si las salidas de pacientes curados se mantienen, los sistemas sanitarios podrán paulatinamente absorber una situación crítica que ha puesto en jaque a las autoridades.
El presidente de gobierno español, Pedro Sánchez, anunció que el estricto confinamiento, que ya lleva en vigor tres semanas, se mantendrá hasta el 25 de abril. Dentro de una semana los millones de empleados que no están en sectores vitales podrán volver al trabajo, con condiciones.

«Estas tres semanas de aislamiento colectivo están rindiendo sus frutos», afirmó Sánchez, subrayando que permitieron «detener la propagación del virus» y «contener la avalancha sobre los hospitales».

España reportó poco más de 800 muertos en 24 horas este sábado, su mejor registro de la semana. Hasta ahora, más de 11.700 personas han perdido la vida a causa de la COVID-19.

En Italia (14.681 muertos) las autoridades informaron de avances similares, en particular en la región de Lombardía, la más afectada, donde hasta el crematorio de Milán tuvo que anunciar su cierre durante un mes para poder incinerar todos los cuerpos en espera.

Los muertos en las últimas 24 horas en Italia fueron 681, un descenso de más del 10%. Los pacientes en cuidados intensivos bajaron a menos de 4.000, por primera vez desde el inicio de la crisis.

Irán anunció también un descenso del contagio por cuarto día consecutivo, tras quince días de paro forzoso de la actividad.

El Reino Unido, con 708 decesos en las últimas 24 horas, incluido un niño de cinco años, se encuentra en cambio en pleno tsunami.

Londres ha reportado dos días de récords consecutivos en el número de fallecimientos, que ya superan los 4.300.

De los 60.457 fallecimientos contabilizados por la AFP este sábado, más de 45.000 se han producido en Europa.

El estado de Nueva York tuvo su peor jornada: 630 muertos en un día. Turquía superó los 500 muertos, y ya no permite salir a los menores de 20 años, para limitar el contagio.

Más allá de los hospitales, los dramas humanos se gestan también en los geriátricos y otras instalaciones sanitarias. Así, Francia ha empezado a reportar esta semana los muertos en esos centros no hospitalarios. Desde el inicio de la crisis se han perdido 2.028 vidas humanas.

– Las mascarillas a debate –

La pandemia se inició hace casi tres meses en China, y ahora afecta a casi 190 países y territorios, entre ellos las Malvinas, que informaron de su primer caso.

Durante décadas, la imagen de personas portando mascarillas en las calles de países asiáticos era habitual, para combatir por ejemplo una simple gripe. Ahora el debate se ha instalado sobre si el resto del planeta debería seguir su ejemplo.

El gobierno estadounidense recomendó el viernes el uso de mascarillas como parte del abanico de medidas para luchar contra el contagio, junto a la distancia social y la higiene constante de manos.

Francia ya ha encargado casi 2.000 millones de mascarillas a China.

«Se produjo una verdadera inflexión en Estados Unidos y la OMS está revisando sus recomendaciones», declara a la AFP el profesor KK Cheng, especialista de salud pública en la Universidad de Birmingham (Reino Unido), favorable al uso generalizado de la mascarilla.

«No hay evidencia de que llevar una mascarilla si uno está bien pueda afectar a la propagación de la enfermedad. Lo que importa es la distancia» entre personas, señaló sin embargo un alto responsable sanitario británico, Jonathan Van-Tam.

Pero en el caso de las mascarillas, como de los ventiladores o de muchos otros equipos médicos o fármacos, los países están inmersos en una carrera contrarreloj.

La competencia es despiadada en un mundo donde las fronteras han vuelto a erigirse con suma rapidez.

Suecia informó este sábado que un cargamento de mascarillas, que compró para ayudar a Italia y España, fue finalmente liberado en Francia.

Las autoridades francesas habían requisado el material hace un mes ante la emergencia nacional.

Y los países pobres solo pueden asistir con impotencia a esa feroz pelea.

Etiopía solo cuenta con 29 casos de coronavirus hasta ahora. Pero en sus hospitales apenas tiene 450 ventiladores, para una población de más de 100 millones de habitantes.

En países como Italia «les faltan ventiladores artificiales y tienen que decidir a quién dar prioridad. Si esto sigue así, si la gente no se toma esto en serio, nosotros también nos veremos en la misma situación, probablemente», declaró la doctora Tihitina Negesse.

Otros países apuestan por vías mucho más radicales.

La República Democrática del Congo, que sufrió la devastación del ébola durante años, está dispuesta a acoger los ensayos de una futura vacuna contra la COVID-19.

El impacto social y económico de esta nueva pandemia sigue brotando por todas partes. El banco central de Guatemala informó que las remesas que envían los emigrantes de Estados Unidos han empezado a resentirse.

Una refinería ecuatoriana suspendió sus operaciones durante 14 días.

– Aplausos para los supervivientes –

Mientras no llega esa vacuna, y los dirigentes políticos se pelean por el suministro de equipos, o cierran fronteras, el personal sanitario sobre el terreno se organiza.

«Al principio nos daban cuatro guantes (para colocarlos superpuestos), ahora dicen que con dos es suficiente, pero yo me pongo tres», explica una enfermera en el hospital de campaña creado en un pabellón de congresos a las afueras de Madrid.

En este lugar se sigue ovacionando a los pacientes que pueden regresar a sus casas una vez curados.

«He visto sufrimiento. Es el sufrimiento de la enfermedad y de la incertidumbre; te debilita psicológicamente saber que la gente se muere y que es real y no la serie de ficción que mirarías en la tele», explica Eduardo López, tras recibir la autorización para volver a casa.