San Pedro Carchá (Guatemala) (AFP) – Marta dice que vio cómo el agua llegaba por todos lados, que hasta parecía que brotaba del suelo. Casi un mes después del paso de dos huracanes por su aldea en Guatemala, todo sigue inundado. Ahora viven dentro de una laguna.

«Lamentablemente el agua se fue llenando muy rápido, no nos dio tiempo a sacar todas nuestras cosas. Algunos no pudieron rescatar casi nada», cuenta Marta Che, de la comunidad de Campur, municipio de San Pedro Carchá, en la provincia norteña de Alta Verapaz.

Para llegar hasta allá desde Ciudad de Guatemala hay que recorrer unos 270 km de carretera a través de una accidentada geografía, con trechos que apenas están afirmados en tierra.

Ya cerca, abajo, entre las montañas, se divisa una especie de espejo de agua en un lugar donde es difícil imaginar que alguna vez hubo calles.

El huracán Eta primero y seguidamente el Iota trajeron mucha lluvia a esta comunidad de unos 1.500 habitantes. Fue tan rápida la devastación que solo tuvieron tiempo de huir.

«No podíamos pedirle ayuda a los vecinos (para sacar las cosas) porque estaban evacuando. Nuestras viviendas llevan semanas, casi un mes bajo el agua. Y seguimos así», agrega Marta.

Los dos ciclones tocaron tierra en el Caribe por el norte de Nicaragua: Eta el 3 de noviembre con categoría máxima 5; Iota, el 13 de noviembre, con categoría 4.

Casas bajo el agua –

A Campur ahora se ingresa en lancha. El agua cubre casi completamente el templo del pueblo y, donde hubo alguna vez un campo de básquet ahora solo emerge, como un periscopio, un tablero con su aro.

Dicen que antes de existir el pueblo, allí mismo había una laguna que se secó, y que ahora, con los huracanes, ha vuelto.

Lo ocurrido sorprende a todos porque no hay afluentes de ríos cerca que puedan haberse desbordado como para generar una inundación de tal magnitud.

La ciudad iba a inaugurar una escuela, que ahora también está cubierta.

Los devastadores ciclones Eta e Iota, que dejaron al menos 60 muertos y 100 desaparecidos en este país, también dejó sin casa a mucha gente.

«Son aproximadamente unas 700 casas que están bajo el agua, van incluidas escuelas, iglesia católica, bautista», cuenta José Chen, uno de los pobladores afectados quien, pese a las circunstancias, no ha dejado de llevar su mascarilla, en medio de la pandemia de coronavirus.

«Es muy duro pensar que he perdido mi casa porque allí está mi sudor, mi trabajo. Es muy triste», comenta Esteban Ash, maestro del pueblo y encargado de uno de los refugios.

La misma población ha acondicionado albergues tras los huracanes. Quien no alcanza sitio, duerme en casas de vecinos de las partes altas, que resultaron menos perjudicados.

Ya no es lugar para vivir –

Cuentan en Campur que el gobierno ofreció instalar un destacamento militar en la zona para proteger a la población, pero que el problema no es la seguridad, sino la reconstrucción. Nada se ha concretado hasta el momento.

«Definitivamente el tema de Campur es un tema complicado. De acuerdo con las estimaciones de los expertos, es un área en la que no se va a poder habitar nuevamente», dijo a mediados de noviembre la ministra de Salud, Amelia Flores.

La aldea, ubicada en una zona donde habita población maya y kekchí, es un lugar de tránsito hacia otros poblados. Sus ciudadanos comentan que hay otras aldeas en condiciones parecidas a la suya.

Otra comunidad de Alta Verapaz, Quejá, quedó sepultada tras el paso de Eta, y se estima que unas 150 personas desaparecieron. El gobierno reconoce afectaciones en unas 288 comunidades de esa provincia.

Mientras esperan a que alguna vez baje el agua, algunos han optado por levantar pequeñas chozas al borde de la carretera.

El azote de los huracanes sorprende al gobierno en medio de una crisis política.

Hace más de tres semanas que se realizan manifestaciones para pedir la renuncia del presidente, Alejandro Giammattei, por su presunta falta de transparencia en la elaboración del presupuesto nacional y en el manejo de recursos para enfrentar el covid-19 y desastres naturales.

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