Silvia (Colombia) (AFP) – Un rugido de motor parece enmudecer el caudal del río. A la vuelta de un camino escarpado y erosionado por tormentas, asoma una chiva. Estos mastodontes coloridos, híbridos de bus y camión, se abren paso por los exigentes Andes colombianos.

Sutilmente pintadas pero capaces de moverse por las carreteras más abruptas, como las cabras que inspiran su nombre, más de 4.000 chivas recorren los campos del país. Su pesada carrocería está armada sobre chasis de camiones Dodge o Ford del siglo pasado.

«En una chiva se puede transportar carga y personas, también animales (…) motos, etc. Estos carros están más capacitados para las trochas (…) más reforzados» que los buses habituales, explica William Cantero.

A sus 37 años, le enorgullece conducir un modelo de 1979, con motor Nissan de 230 caballos y puertas adornadas con orquídeas.

Como cada martes, este chofer sale en plena noche de su pueblo Piendamó para llegar al alba al mercado de Silvia, a unos 20 kilómetros de allí y 2.600 metros de altitud, en el Cauca, departamento del sur del país donde hay un millar de chivas.

Indígenas misaks, con sombrero de fieltro, ruana, paños de lana para los hombres, faldas amplias para las mujeres, se acomodan en las bancas de la chiva con capacidad para 50 personas.

Dos meses de trabajo –

Mientras, dos ayudantes apilan en el techo enormes bolsas de papas, plantas medicinales, racimos de plátano y otras provisiones que serán vendidas en puestos de bambú en el mercado o aceras aledañas.

La chiva volverá cargada de otros productos de zonas cálidas como arroz y panela y hasta con un colchón, un refrigerador o un becerro.

Antes de que existieran estos autobuses, que aparecieron al principio del siglo XX, «¡imagínense (cómo era) para transportar esto a caballo!», recuerda Misael Velasco, 65 años, originario de la reserva misak de Guambia, en las alturas de Silvia.

Además, «gastamos dos horas y media a pie, mientras el carro gasta 30 a 35 minutos y cobra solamente 2.000 pesos» (54 centavos de dólar) por pasajero, precisa a la AFP el taita (anciano), para quien este transporte colectivo es parte de su identidad.

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Las chivas, que sirven también como buses escolares, están adornadas con motivos propios de las comunidades amerindias o campesinas, como flores, pájaros o iglesias, pintados con los colores de la bandera indígena (arcoíris) o colombiana (amarillo, azul y rojo).

«La fabricación de una chiva desde nueva, el proceso dura más o menos 60 días hábiles y el precio varía, depende cómo la quiera el propietario», de 35 a 40 millones de pesos (9.800 a 11.300 dólares) según si se debe o no adornar con «cositas cromaditas», explica Luis Narváez, 45 años, carrocero en Popayán, capital del Cauca.

Bajo el cobertizo de su modesto taller se apiñan cuatro vehículos, cada uno de 10 metros de largo por 3,5 de ancho, en diferentes estados de construcción o renovación.

Cerca del soldador ocupado en los guardabarros, un pintor hace arabescos con una plantilla y luego dibuja rombos a punta de pincel.

Especies amenazadas –

Una de las chivas todavía es un esqueleto que deja ver los marcos de las puertas y el techo de madera, capaz de soportar hasta cuatro toneladas.

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«Más que todo las chivas son madera, como 60% de madera, y el resto son láminas y muchas tornillerías», exclama Narváez, cuyo oficio se complica.

«En ese momento que hubo esta pandemia, el hierro se subió exageradamente el precio, y la madera también», por la deforestación de árboles como el chanul (Humiriastrum procerum), el achapo (Cedrelinga catenaeformis) o el comino (Aniba perutilis), apreciados por su resistencia.

Algunos carroceros optan por la fibra de carbón o el plástico. «Tocaría ensayar (…) innovar porque lo de la madera no va a durar para siempre», admite.

Otro peligro amenaza a las chivas, también apreciadas por turistas en excursión o vendidas en miniatura como recuerdo. Antes del covid-19, algunas recorrían incluso ciudades como Bogotá o Cali, transformadas en discotecas para bailar salsa, cumbia o reguetón.

«Las chivas forman parte del patrimonio», subraya Víctor Martín, dirigente de la asociación de transportistas Asotramix. Pero «los últimos gobiernos quieren chatarrizarlas (…), las acusan de contaminación cuando son mejor mantenidas que muchos buses», lamenta.

Colombia cuenta con tantas carreteras maltrechas y sin pavimentar que estos bellos monstruos colosales parecieran aún tener muchos kilómetros por delante.

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